Mientras Huizinga explora el origen lúdico de la cultura, Debord analiza cómo la sociedad contemporánea transforma la experiencia humana en algo prefabricado y presentado. La conexión es no obvia porque va más allá del juego en sí para centrarse en cómo la presentación y la representación (espectáculo) reemplazan la participación auténtica, lo que podría verse como una perversión del espíritu lúdico original.























