Mientras Weisman analiza cómo desaparecería el rastro humano, Coccia argumenta que nuestra existencia es solo un subproducto de la actividad vegetal. Es una perspectiva invertida que, en lugar de centrarse en la ruina de la arquitectura humana, celebra la arquitectura constante y silenciosa de la fotosíntesis como la verdadera dueña del planeta.



















