Adorno critica la mercantilización del arte y la racionalidad instrumental. Debord extiende esto a toda la vida social, mostrando cómo la "estetización" de la existencia se convierte en una forma de alienación y control social, en una conexión inesperada que va más allá de la mera crítica artística a la crítica de la vida misma como obra de arte capitalista.























