Mientras Lipovetsky examina la moda como un motor de la modernidad y la democracia en su dimensión efímera y de seducción superficial, Debord ofrece una perspectiva más crítica y no obvia, señalando cómo la "sociedad del espectáculo" transforma todo, incluyendo la moda, en una mercancía y una imagen, vaciando el significado en lugar de potenciar la individualidad. Ambos analizan la superficialidad, pero desde ángulos opuestos: uno la ve como una fuerza democratizadora y el otro como una forma de control.























